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sábado, 26 de diciembre de 2009

La Venganza de los "mierlos". Acotaciones de una leyenda Montehermoseña

Hace años tuve conocimiento de un pequeño relato cuyos hechos se enmarcaban en la localidad de Montehermoso. Pudiera parecer a voz de pronto uno de esos cuentillos que, en plan moralizante, terminan con la moraleja de que “todo lo que se hace se paga en esta vida”. Iniciemos la pequeña narración:

Dos compadres montehermoseños habían tramado el robo de un paisano que regresaba de la feria con la billetera repleta tras la venta de sus muchos ganados. El infeliz tratante fue asaltado en la soledad de los campos, donde en vano sonaron sus gritos de auxilio. Mientras el hombre indefenso caía acribillado a puñaladas dos mirlos volaban sobre la escena del crimen. En medio de los estertores de la agonía el tratante, tras mirar a los pájaros, se dirigió a su verdugos: “Estos "mierlos" serán testigos de lo que habéis hecho conmigo”.

Los compadres asesinos ocultaron el cadáver y regresaron al pueblo. Pero pasaban los días, y el que no volvió fue el tratante. Su familia lo buscó por montes y llanos, por veredas y caminos, sin hallar el mínimo rastro, por lo que se impuso la lógica, recordando casos de esta índole: el chalán montehermoseño se había ido con el dinero, poniendo tierra de por medio y abandonando a su familia.

Al cabo de casi un año se habían olvidado las conjeturas sobre la extraña desaparición. Era tiempo de primavera y el pueblo de Montehermoso se congregaba en los parajes de la ermita de Nuestra Señora de Valdefuentes para celebrar su romería. En la zambra del momento se dejaba ver la presencia de los compadres asesinos, quienes, tal vez para sosegar sus remordimientos, no dejaban de escanciar. Sin embargo, los efectos del vino no fueron óbice para que distinguieran dos mirlos que se posaban sobre el caballete del santuario de la Virgen. Sorprendidos por aquella súbita aparición, uno de los asesinos dijo a su compañero: “Ahí tienes, compadre, a los testigos de la muerte del chalán”.

Una amplia risotada fue la respuesta del compadre, risotada que contagió a todos los presentes. Los alborozados romeros pronto se percataron de la presencia de uno de los hijos del tratante que, no admitiendo la versión oficial, andaba desde hacía meses buscando alguna prueba que le condujera al paradero de su padre y que había podido escuchar las palabras del asesino. Uniendo cabos, entre los que se encontraban los gastos en parrandas que realizaban los dos compadres sin oficio ni beneficio, llegó a la conclusión de que ellos deberían responder acerca de la muerte de su padre.

Termina la narración señalando que fueron detenidos y acusados, y que no tardaron en cantar su felonía y el lugar donde se encontraba enterrado el cuerpo del chalán.

Sin entrar en el terreno de las conjeturas y de la historicidad de esta leyenda, no podemos pasar por alto que responde a un arquetipo de narraciones en las que los animales se comportan, de manera indirecta, en delatores o en vengadores de asesinatos. En este sentido, por sus similitudes con la leyenda montehermoseña, cabe traer a colación la fábula sobre la muerte de Ibico, el poeta erótico griego del siglo VI antes de Cristo. Fue asaltado por unos bandidos, que lo hirieron mortalmente. Pidió a unas grullas que pasaban que vengaran su muerte, y poco tiempo después las aves revolotearon sobre las cabezas de los espectadores en el teatro. Uno de los asesinos estaba presente y, al verlas, exclamó: “¡Mirad a las vengadoras de Íbico!”. La indiscreción supuso la pista para la detención de los criminales.

En la fábula griega se añade que tal descubrimiento fue posible mediante la intervención divina, hecho del que también participa la narración de Montehermoso, donde la mediación de la divinidad, en este caso la Virgen de Valdefuentes, se hace patente con la presencia de las aves vengadoras sobre su espacio sagrado. No obstante, es un tema que escapa ahora a esta exposición y que en otro momento puede ser objeto del correspondiente análisis.

Puestos a buscar paralelismo, traigo por último a colación una leyenda que escuché el Olivenza y que, punto por punto, concuerda con la referida montehermoseña, si bien en esta ocasión los protagonistas son los lobos. En ella se habla de la muerte por asesinato de un buhonero, al que sorprenden dos jóvenes camino de Alcochel. Desde lo alto de la Sierra de las Puercas unos lobos presencian el homicidio, y el buhonero los pone por testigos ante sus verdugos. El descubrimiento de los asesinos, de modo parejo al de Montehermoso, tiene lugar durante la romería de la Virgen de los Santos.

Estas leyendas, a la que se podrían unir algunas otras recopiladas en Extremadura, como he dicho, responden a un arquetipo y parecen dimanar de un tronco común, cuya pautas argumentales, según pone de manifiesto el caso de Íbico, hay que buscar en un pasado muy lejano. Y en el caso que nos ocupa, Montehermoso se ha convertido en garante de su pervivencia.

José María Domínguez Moreno (Investigador, Antropólogo)

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